domingo, 23 de noviembre de 2025

UN PEDACITO DE MI VIDA CON LAS SEMILLAS DE MI FUTURO

Mi historia empieza mucho antes de que yo existiera. Viene de una casa llena de gente, de abuelos que parecían tan diferentes pero que juntos mantenían todo en pie. Mi abuelo era callado y serio, mi abuela era lo contrario: pendiente, movida, con una paciencia que solo podía venir de haber criado doce hijos. Con ellos viví mis días más tranquilos. Las reuniones familiares eran enormes, ruidosas, pero ese ruido era cariño. Cuando mi abuela murió, sentí que algo se apagó en todos. Ahí entendí lo mucho que una sola persona puede sostener a una familia entera.


Por el lado de mi mamá, la historia era distinta. Mi abuela materna, Lilia, trabajaba la madera y vivía entre problemas que a veces se volvían más grandes por el trago. Mi mamá venía de una relación complicada que la dejó cansada, y por eso se fue con mi abuela a Bogotá, buscando algo diferente. Allí conoció a mi papá casi por casualidad, porque él trabajaba en una cantina donde mi abuela solía ir. No fue una historia romántica, ni una película. Fue algo que se dio despacio, con errores, pero con ganas de empezar de nuevo. Yo crecí con ese contraste: una familia grande que lo resolvía todo hablando fuerte, y otra que aprendía a seguir adelante como podía.



Con el tiempo me fui dando cuenta de que todo eso me marcó más de lo que imaginaba. Por eso desde hace años tengo claro que quiero estar en el Ejército. No es por las películas ni por jugar a la guerra. Es porque me gusta la idea de tener una meta firme, disciplina, algo que me exija ser mejor. En cinco años me imagino entrenando, cumpliendo, levantándome temprano sin quejarme. Y si en diez años estoy en un buen cargo, uno que de verdad me gane, voy a sentir que todo valió la pena. Si ese camino no se da, también me llama la tierra: sembrar, trabajar, ver crecer algo que depende de uno.



Mis metas antes de los treinta no son raras ni exageradas. Quiero estabilidad, tranquilidad, un trabajo que me permita vivir bien y ayudar a mis papás sin obligación, sino porque quiero hacerlo. También sueño con viajar, conocer lugares nuevos y algún día tener mi propia familia, pero una donde la calma sea lo normal. Mi historia no es perfecta, tampoco es trágica. Es simplemente la de alguien que viene de dos mundos distintos, que aprendió de lo bueno y de lo difícil, y que hoy camina hacia adelante con los pies en la tierra.


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